Miércoles, Junio 28, 2017

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Reflexiones sobre Ana Belén Montes

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El reconocimiento a quien ha sobrevivido los últimos dieciséis años de su vida en una prisión estadounidense bajo las más severas medidas de confinamiento, me obliga a la reflexión sobre el significado del heroísmo y las implicaciones de las acciones heroicas en quien las ejecuta.

Durante el mes de marzo se celebran en Puerto Rico varios acontecimientos que aluden a las contribuciones de las mujeres en la historia de los pueblos. Entre estos, el Día internacional de la mujer trabajadora, Heroínas nacionalistas: el conversatorio (auspiciado por el colectivo Las), y el 80 Aniversario de la Masacre de Ponce. Los últimos dos eventos se dedican este año a la prisionera de conciencia puertorriqueña Ana Belén Montes, quien cumple veinticinco años por el delito de conspiración por espionaje en favor de Cuba.

El reconocimiento a quien ha sobrevivido los últimos dieciséis años de su vida en una prisión estadounidense bajo las más severas medidas de confinamiento, me obliga a la reflexión sobre el significado del heroísmo y las implicaciones de las acciones heroicas en quien las ejecuta.

En el caso de Ana Belén, con quien compartí divertidos veranos familiares en Puerto Rico y muchas cartas escritas desde su celda, sé que no le gusta que le adjudiquen el título de heroína. Hasta protestaría. Aun cuando sus acciones tuvieron el efecto de salvar miles de civiles en un país asediado por políticas de agresión. Lo cierto es que en ella alzó su voz el imperativo silencioso de la conciencia.

“No hubiera podido vivir con mi conciencia si los hubiera ignorado”, me parece advertir de su propio proceder. Ana no buscaba –ni busca? el  reconocimiento. En su capacidad como analista de inteligencia, vio lo que muchos seres humanos consideran actos impunes: intervenciones militares, crímenes de Estado, injerencias en los asuntos de otros gobiernos, entre otros. Entiendo que estas acciones, que contradicen en sí mismas los principios fundamentales que se supone rijan a la nación estadounidense, sacudieron la conciencia de Ana y la impulsaron a arriesgar su libertad y su vida. Lejos de escoger el bienestar propio o de ignorar el sufrimiento de un pueblo, optó por actuar conforme a principios universales.

Ana Belén aún paga su acto solidario en una prisión de máxima seguridad, silenciada y aislada.

Entonces pienso en otros héroes y heroínas. No en los que todos conocen porque la historia les ha otorgado un lugar de honra. No en Einstein, Madre Teresa, Gandhi o Martin Luther King. No en Nelson Mandela, en Newton o en el propio Jesús. Algunos de ellos sufrieron el escarnio de sus oponentes. Pero la historia los reivindicó. Pienso en los otros. En los desconocidos. Pienso en Vasili Arkhipov y en Stanislav Petrov, ambos rusos, quienes en distintas situaciones críticas durante la Guerra Fría, evitaron el lanzamiento de torpedos nucleares. Al proceder según sus criterios, aun cuando estos contradecían la opinión de sus colegas, evitaron catástrofes nucleares a nivel mundial.

Pienso también en aquellos que arriesgaron sus carreras influyentes y la seguridad de sus familias, cuyas acciones humanitarias conllevaron la cárcel y la pérdida de su prestigio. Estos son los casos del japonés Chiune Sugihara y el sueco Raoul Wallenberg. Ambos salvaron miles de judíos durante el deplorable genocidio regido por Hitler, aun cuando ello implicó la supuesta traición a sus países. Pero sus conciencias gritaron con una voz más fuerte.

Igual que le ocurrió a Ana Belén.

“El infortunio, el aislamiento, el abandono y la pobreza son campos de batalla que tienen sus héroes”, declaró en cierta ocasión el escritor francés Víctor Hugo.

Séneca, cuatro siglos antes de que Jesucristo cambiara el rumbo de la humanidad, enunció: “Solo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo”.

Fuente: El Nuevo Día


Fundación Juan Mari Brás

 

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