Viernes, Junio 12, 2026

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El PIP en Washington

 

El líder independentista, que tanto ha criticado la hipocresía de la clase política, ha incurrido en los mismos vicios que denuncia, opina Anabelle Torres Colberg. En la imagen Juan Dalmau junto al congresista Richard Neal y el excongresista

Luis Gutiérrez, en Washington. (EL NUEVO DIA Captura)

 

NOTAS:
1)  El artículo es responsabilidad de su autor y no necesariamente representa la posición del MINH.
(2) La página del MINH está disponible a recibir cualquier comentario al artículo del compañero Meléndez.
(3) El MINH exhorta a la lectura y discusión del documento.

Se ha difundido la iniciativa, en 2025, del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) y su portavoz más visible, Juan Dalmau, para intensificar el diálogo con congresistas estadounidenses, notablemente los representantes a la Cámara Republicanos Tom McClintock, miembro principal en los comités de Recursos Naturales, Presupuesto y Asuntos Judiciales; y Mario Díaz Balart, director del comité cameral para asuntos de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado, y miembro del subcomité para Defensa. Ambos tienen poder considerable en el Congreso; sus cargos son importantes en relación a Puerto Rico.

 

 

 

McClintock es Republicano de mentalidad independiente; respalda el movimiento que representa Donald Trump pero sus votos han diferido no pocas veces del presidente. Díaz Balart pertenece al sector de cubanos en el exilio más derechista y recalcitrante con relación a Cuba, y a una dinastía de políticos cubanos en Washington que han insistido en endurecer el bloqueo comercial contra la antilla y en la política imperialista en Latinoamérica y el Caribe. El lugar que ostenta Díaz Balart expresa la influencia considerable de los cubanos exiliados de extrema derecha en el gobierno de Estados Unidos. Esta influencia se remonta a los primeros años de la década de 1960 e ilustra un aspecto del sistema imperialista panamericano, la colaboración íntima entre grupos capitalistas reaccionarios de Norte y Latinoamérica y el Caribe. Esta colaboración ha incluido la influencia en decisiones ejecutivas y congresionales de Washington de grupos virulentos de la derrotada y frustrada contrarrevolución cubana, así como operaciones secretas violentas e ilegales contra Cuba y otros gobiernos, incluido el de los propios Estados Unidos (asesinato de John F. Kennedy, Watergate, etc). El cubano Marco Rubio es secretario de Estado trumpista; la llamada ‘gusanera’ ha escalado alto con el paso de los años.

Véase que la ausencia de una hegemonía de izquierda socialista en la causa independentista de Puerto Rico es un gran alivio para el gobierno norteamericano, al que provoca horror cualquier cosa que suene a socialismo (si bien un discurso dominante supone el comunismo algo del pasado, que desapareció con la ‘guerra fría’). Seguramente por alejarse de toda contaminación socialista es que la independencia sería posible, o podría acercarse, pues sería compatible con el imperialismo norteamericano.

Debemos suponer que los pipiolos no dejan de ser solidarios con Cuba por cabildear entre congresistas emblemáticamente enemigos de Cuba y duros contrarrevolucionarios, que, gústenos o no, están en posiciones de poder relevantes para Puerto Rico en la legislatura estadounidense. Por su parte, el estado y los comunistas cubanos seguramente entienden con realismo que los independentistas boricuas deben buscar todas las vías a su alcance para avanzar y sacar provecho de la peculiar coyuntura actual de Estados Unidos –un imperialismo en decadencia– y del mundo. El independentismo puertorriqueño ya no se asocia automáticamente con Cuba como en el pasado, algo que se hace patente –incluso chocante– en la conexión del PIP con Díaz Balart. Cuba no tiene la influencia socialista y revolucionaria que tuvo en el Caribe y Latinoamérica entre los años 60 y los 80. Un bloqueo comercial de más de sesenta años ha alargado y complicado su vieja pobreza antillana y obstaculizado su crecimiento económico. De aquí que personeros imperialistas en el Congreso y otros aparatos estadounidenses, a la vez de endurecer sin piedad el bloqueo a Cuba, celebren que un independentismo puertorriqueño no socialista y en ánimo amigable con Estados Unidos quiera conversar con ellos.

Sectores congresionales que ha abordado Dalmau tradicionalmente se han asociado al apoyo al movimiento estadista isleño, y han sido favoritos en los cabildeos en el Congreso de los estadistas y del Partido Nuevo Progresista (PNP), o un sector de éste. El PIP parece aspirar al espacio de cabildeo en Washington que han ocupado exponentes de la estadidad y del llamado ELA, ‘fórmulas de status’ que difícilmente tienen futuro. Para ello deberá entrenar militantes que se dediquen a esta gestión por bastantes años por venir y se familiaricen con los políticos y las prácticas y métodos del Congreso.

Desde luego, el PIP también se comunica con congresistas Demócratas, y con otros Republicanos que estén receptivos y en posiciones pertinentes. McClintock y Díaz Balart se mostraron simpáticos hacia Dalmau y su iniciativa, lo cual aumenta las especulaciones en la Isla sobre un posible impulso de Washington, y en particular de los Republicanos y de la influencia trumpista, a alguna forma de independencia de Puerto Rico en el futuro. La idea de esta posibilidad viene circulando más en tanto la política de Trump se opone a gastos excesivos o magnánimos del presupuesto federal, a algunas estrategias imperialistas e internacionales que habían persistido por décadas, y a que el gobierno otorgue subsidios en vez de promover el esfuerzo productivo en la competencia de mercado. En 2017 el mismo Trump propuso que la deuda externa de Puerto Rico se cancelara. Su dramático impulso reciente para reducir gastos, por ejemplo referentes a la presencia de Estados Unidos en el exterior y a subsidios federales, ha estimulado en sectores puertorriqueños la idea de que si sigue avanzando el movimiento que Trump representa (y seguramente representarán otros en el futuro), Washington podría ‘soltar’ a Puerto Rico, donde la dependencia de fondos federales ha llegado a niveles extremos.

Después de casi un siglo, esta dependencia arropa no meramente comunidades o barrios, como en las ciudades estadounidenses, sino a la isla entera y sus tradiciones y forma de vivir. Aquí los fondos federales –y las inversiones de capital americano– son indispensables para la reproducción social y para que la administración local pueda funcionar, y contribuyen a una repetitiva postración e inercia. Otra consideración para que Washington se plantee ‘soltar’ a Puerto Rico es que desde hace más de veinte años no están las bases militares, especialmente la de Roosevelt Roads, que habían dado importancia militar a Puerto Rico para los intereses yanquis. (Sin embargo, dada la evolución de las relaciones internacionales, la importancia geoestratégica de Puerto Rico para Estados Unidos podría aumentar).

En sintonía con la idea de que están renovándose las posibilidades de la independencia, el líder máximo del PIP Rubén Berríos escribió en 2024 que ‘la fuerza natural y profunda de la nacionalidad’ ‘la comprende a plenitud el gobierno de los Estados Unidos, un país profundamente nacionalista; y ni hablar del presidente electo Donald Trump’. Estados Unidos, añadió, ‘como es natural, actúa siempre acorde con su naturaleza y sus propios intereses’.

Concepto razonable y persistencia

Dado lo poco que el PIP suele explicar y elaborar sus políticas y teorías para efectos de la conversación pública, en parte por una tradicional escasez en la política puertorriqueña en general de medios de comunicación y espacios públicos de libre discusión, es común que cada cual especule a base de su imaginación y las trayectorias conocidas, lo cual haré a continuación.

El cabildeo del PIP entre congresistas parece una manifestación de la filosofía que ha sustentado el PIP, bajo el liderato de Berríos, desde principios de la década de 1970. Podría resumirse así: La independencia de Puerto Rico no llegará como resultado de luchas sociales radicales de las masas populares, sino como consecuencia de cambios en la política de Estados Unidos, probablemente resultantes de las evoluciones internacionales, o, dicho de otro modo, por la alteración de políticas que Washington mantuvo durante la época de gloria imperial o el llamado ‘siglo americano’. Cuando se produzca este cambio debe estar presente un partido independentista que aproveche el momento e imparta dirección, entre otras cosas estableciendo comunicación con Washington.

Según en los años 90 del siglo XIX Luis Muñoz Rivera logró la autonomía para Puerto Rico en el estado español, negociando con los sectores receptivos del gobierno de Madrid y aprovechando la coyuntura internacional (guerra popular de independencia en Cuba, declive de España, ascenso de Estados Unidos en el Caribe) y teniendo tras de sí las luchas sociales, políticas y culturales acumuladas por el propio pueblo puertorriqueño, el PIP podría negociar con Estados Unidos en una coyuntura histórica análoga de declive norteamericano, ascenso de otras fuerzas en las relaciones internacionales y el mercado mundial, y un estancamiento social e histórico de Puerto Rico que no conviene a ninguna de las partes y sofoca el potencial de desarrollo de una sociedad evidentemente hispanoamericana y caribeña. Diferencias entre las dos situaciones son, sin embargo: 1) la ausencia de un fuerza en la actualidad que ejerza presión sobre Estados Unidos como ejercía la guerra de Cuba sobre España a fines del siglo XIX; 2) la autonomía era una forma de España retener a Puerto Rico, pues lo intregraba al estado español, pero la independencia en el siglo XXI podría propiciar un alejamiento de Puerto Rico respecto a Estados Unidos y su acercamiento a corrientes que, precisamente, amenazan la hegemonía geopolítica norteamericana; y 3) a diferencia de España, que era un estado sometido a otras potencias imperialistas y empobrecido en una medida importante, Estados Unidos sigue siendo el país más rico y poderoso del mundo.

Un modo desafortunado de imponer las políticas que siga un grupo puede dejar un mal sabor durante largo tiempo, incluso generaciones. Una imposición ‘unilateral y autoritaria’ (que muchos atribuyeron a Berríos después de 1973) de la política que prevalezca, respecto a las formas que hubiese podido tomar en una discusión más amplia y plural, a menudo generaliza la idea de que la línea política triunfante era desacertada, aunque quizá no lo era, o no lo era tanto, y sus aspectos razonables deben aclararse con el tiempo, si la línea política persiste. Es un síndrome que afecta grupos de todas las tendencias. Se relaciona con la falta de medios de comunicación y debate, periódicos, revistas, publicaciones internas, etc. Estos y otros déficits de organización, desde luego, hacen más difícil pensar un estado independiente. No por eso, sin embargo, hay que restarle valor al razonamiento de Berríos y el PIP.

Virtudes incuestionables del PIP han sido la persistencia y la consistencia, aunque sean para insistir en un concepto de partido siempre pequeño y reducido a la gestión electoral, que se abstiene de promover el potencial político, creativo, pluralista y rebelde de las masas populares. Ahora bien, su actividad exclusivamenrte eleccionaria, discursiva, legalista y enmarcada en los límites del régimen oficial, es fuente de debilidad pero a la vez de vigor. El PIP usa a su favor su debilidad relativa. Deja en manos de Washington el inicio de la solución del problema colonial, para darle dirección una vez Estados Unidos decida iniciarla. No necesariamente Estados Unidos abordará el problema, pero es razonable esperar que en algún momento lo hará. El PIP por tanto debe ser perseverante para ser un actor relevante en el momento indicado. Lo sería por estar compuesto de gente que se adscribe a su peculiar razonamiento estratégico, que no es mucha, de modo que su pequeñez está unida a su persistencia, la cual dará frutos, se supone, porque le favorecen los cambios globales e internacionales, que son evidentes. La quietud es una forma de movimiento si se inserta en la evolución de las relaciones circundantes. La tortuga va muy lento en apariencia, pero puede ganar la carrera.

No está muy claro si la línea política pipiola ha prevalecido por sus propios méritos y por ser acertada en sí misma, en abstracto por así decir, desde los años 70, o prevalece por default, porque no hay otras opciones anticoloniales de alcance público, pues el capitalismo colonial ha ido marginándolas y destruyendo las condiciones sociales para que prosperaran, especialmente a partir del neoliberalismo. Tampoco está muy claro, relativamente a las reflexiones escritas hasta el presente, cuánto la liquidación de la tendencia socialista se debió a los cambios sociales, económicos y culturales en Puerto Rico (y demás países) desde fines del siglo XX, y cuánto se debió a la incapacidad de los grupos socialistas para adaptarse a esos cambios o siquiera para persistir como esfuerzo colectivo.

Es conocida la frase de Pedro Albizu Campos, en respuesta a socialistas e izquierdistas de su tiempo, de que primero hay que construir la casa y después pintarla; es decir, la prioridad es lograr la independencia, algo de por sí difícil y ambicioso, y después se determinará el sentido social e ideológico del nuevo estado nacional. Desde fines de los años 60, y especialmente en el tiempo del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP,) los socialistas respondían a dicho razonamiento argumentando que la casa no podría construirse sin la movilización de las masas populares y el conocimiento e intelecto de los trabajadores. En esta visión de ‘materialismo histórico’ la independencia difícilmente sería posible sin que jugaran una función protagónica las luchas de las clases trabajadoras, en las que se formaría la capacidad organizacional e institucional colectiva para que la sociedad puertorriqueña pudiese edificar la independencia. Esto es, un rol protagónico de las masas del pueblo no es simplemente una pintura en las paredes de la casa, o una forma o estilo, sino lo que haría posible la independencia misma, pues las fuerzas del trabajo son las que conocen y organizan los sistemas de producción y de reproducción social, electricidad y agua, servicios médicos, actividad manufacturera y agrícola, tecnología digital y cibernética, educación, arquitectura, contabilidad, ingenería, ciencia aplicada, arte, música, medios de difusión, recursos naturales y agropecuarios, administración de empresas, cooperativismo, etc.

En parte es a causa del declive general de las luchas colectivas de la clase trabajadora desde fines de siglo XX, la liquidación del PSP y el debilitamiento progresivo de otros grupos socialistas, que desde hace décadas prevalece la filosofía de Berríos y el PIP. Según se presentan las cosas, el PIP ha tenido razón, o digamos que tiene razón en el presente –si no la tuvo siempre en una medida mayor de la que se le reconocía–, al menos para efectos prácticos y dentro del marco de relaciones realmente existente, pues no hay otra alternativa: el PIP representa hoy el único rumbo independentista coherente y consistente de visibilidad pública, tanto en Puerto Rico como ante Estados Unidos.

Que la independencia boricua esté incontaminada de socialismo es un factor para que parezca con posibilidades mayores que en el pasado. Inspira simpatías entre americanos del gobierno, incluso adscritos al aparato estratégico, como se ve en las amistosas reacciones de los congresistas  Republicanos  a  la  visita  de  Dalmau  en  sus  ‘redes  sociales’ –medios  de comunicación que a la vez implican volatilidad–. Así el independentismo presiente que puede apelar con éxito a la política federal, presupuestaria y tributaria norteamericana, que Trump representa y quizá está sólo iniciando.

Resistencias norteamericanas

Sin embargo, puede suponerse que sectores importantes del estado norteamericano (tal vez menos visibles) se opondrán a cualquier forma de independencia para Puerto Rico, por la probable inclinación hacia la izquierda que tendría. El colonialismo yanqui destruyó la economía puertorriqueña y con ella la posibilidad de que se formara una clase capitalista isleña. Los puertorriqueños han sido empujados a una forma de vivir en que más o menos todo el mundo es asalariado, incluso clases adineradas, y en permanente inestabilidad y precariedad. Una consecuencia es la inclinación sociocultural boricua a la búsqueda de comunidad y de solidaridad social, y a reclamar –como en muchos otros países– una función dirigente del estado en la economía. Esta última tendencia no es simplemente psicológica: incluye un precedente que en cierta forma creó las bases de la actual identidad isleña, la administración colonial en 1941-46 del gobernador Rexford Tugwell, izquierdista relativamente al imperialismo norteamericano para el que trabajaba, y quien además abrió las puertas a la posterior simulación demagógica de Luis Muñoz Marín, cuya política en los primeros años quiso tener visos ‘socialistas’. También, son claras las inclinaciones antimperialistas en el Caribe y Latinoamérica, en no poca medida por la influencia de Cuba y Venezuela y de la perseverancia del estado nicaragüense que surgió de la Revolución Sandinista en 1979; pero más aún porque es obvio que para el desarrollo económico es indispensable terminar las formas viejas y nuevas de colonialismo. En el Caribe y Latinoamérica la dirección estatal de la economía y la colaboración del capital privado con la construcción nacional y el progreso social vienen creando vías para el avance político de las clases populares.

Adviértase que, a diferencia de la generalidad de los países, Puerto Rico no es un país en desarrollo, pues carece de economía propia. La sociedad puertorriqueña ha sido gobernada por monopolios estadounidenses, notablemente financieros y comerciales, a costa de su propia coherencia y a riesgo de su propia destrucción. La independencia exigiría un proceso intelectual colectivo para empezar a organizar instituciones; éstas probablemente tenderían al concepto de que el estado cumpla un rol dirigente en la economía, a la justicia social, y a una conexión con los países emergentes y que tratan de desarrollarse en las Américas, África, Europa y Asia. A menos, por supuesto, que la nueva república o ‘soberanía con asociación’ fuese dirigida por los mismos grupos sociales e ideológicos que hoy representan la estadidad y el llamado estado libre asociado; en otras palabras, por el imperialismo norteamericano por vía de políticos criollos. O a menos que la misma debilidad económica y política de Puerto Rico, resultante de su situación durante más de un siglo, haga que la república o la soberanía con asociación sean una extensión de lo que Puerto Rico ha sido bajo Estados Unidos y la soberanía sea meramente legal y formal, a la vez que lance a Puerto Rico a grandes retos para los cuales difícilmente esté preparado mientras Washington se libera de seguir desembolsando fondos.

Debemos esperar que los análisis del PIP hayan incluido estas posibilidades, y apuesten a una hegemonía de los sectores avanzados y leales al país y al pueblo en la conversación con Washington. Debemos esperar asimismo que estrategas del imperialismo han visto estas posibilidades y por tanto se resistan a cualquier grado de independencia puertorriqueña. Después de todo Estados Unidos tiene pleno y fácil control de la Isla. No está forzado a ceder ante algún potente reclamo anticolonial puertorriqueño, a movilizaciones masivas del pueblo exigiendo la liberación, pues tal movilización popular no existe. Lo que existe por ahora son las gestiones de Dalmau en el Capitolio de Washington y resultados electorales elocuentes, favorecedores del PIP y de las corrientes que reclaman un cambio social y político. Estas tendencias electorales, así como movilizaciones populares de años recientes, digamos las marchas contra Ricky Rosselló en el verano de 2019, las huelgas estudiantiles en la universidad y las protestas contra la junta de control fiscal que Washington impuso en 2016 para garantizar el pago de la deuda de Puerto Rico, dejan ver una juventud en que abundan gran descontento social y laboral (unido a niveles relativamente altos de educación formal) y conciencia de la desgraciada condición colonial de su patria.

Otras posibilidades

Finalmente, un problema de la filosofía del PIP es que depender para la independencia de las evoluciones internacionales y de cambios en la política norteamericana –que aprovecharía un partido pequeño siempre presente en las elecciones– es que el proceso hacia alguna forma de descolonización, si se produce, podría tardar tanto que la sociedad puertorriqueña, cada vez más debilitada y maltrecha, se integrase a la estadounidense de manera irreversible en lo social, cultural y demográfico, incluso contribuyendo a un mayor pluralismo étnico y cultural de Estados Unidos. Este pluralismo existe, a pesar del ‘nacionalismo’ que Berríos atribuye a la nación norteamericana en la frase antes citada, el cual, contradictoriamente, también es cierto.

Las gestiones e intercambios de élites de abogados y políticos difícilmente harán desaparecer la profunda dependencia y la destrucción social que ha conllevado el colonialismo, el cual, como se sabe, va mucho más allá de cuestiones jurídicas y administrativas. Junto a la ausencia de organizaciones descolonizadoras arraigadas en las clases populares y productivas y en los sectores intelectualmente entrenados, la continuada dependencia podrá conllevar un empobrecimiento mayor de la capacidad de los puertorriqueños para formar sus instituciones. Con él podría surgir el espectro de que la independencia significa un caos colosal –en que quizá dominarían organizaciones narcotraficantes y criminales– que deshaga el precario orden actual, el cual es inservible, cierto, pero da alguna estructura a los puertorriqueños, incluso por la función de organización social que cumplen los monopolios americanos. Irónicamente, podría fortalecer las ideologías colonialistas y de integración a Estados Unidos.

Lo que es claro es que si Estados Unidos persiguiese prescindir del presente status de la Isla, difícilmente tendrá más opción que impulsar alguna forma de independencia –soberanía con asociación, fase de transición, etc–. Por supuesto, debe asegurar su control de Puerto Rico tras bastidores, mientras los puertorriqueños intenten el trabajoso y complejo proceso de crear su propia industria, agricultura, y sus actividades educativas y tecnológicas para formar medios de producción, una economía propia, y destrezas de gobierno. Las herramientas intelectuales para construir la independencia son una premisa elemental, pero no hay organizaciones puertorriqueñas que las promuevan, y el PIP no parece contemplarlas. Miles de puertorriqueños tendrían que organizarse y entrenarse.

Una exacerbación del habitual desorden y de la crisis social de Puerto Rico, con o sin cambio de status, pondría sobre el tapete –de nuevo– la definición no sólo de yanquis o puertorriqueños, sino de cuáles clases sociales serán la voz de orden y formarán una institucionalidad.

 

Fundación Juan Mari Brás

 

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