Lunes, Septiembre 01, 2014

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¿Hablar de Colonialismo en el siglo veintiuno? - Puerto Rico, el Caribe, las Malvinas y los remanentes coloniales en Nuestra América y el Planeta*

…el deber de todo colonizado es preciso: en el suelo nacional, minar el edificio colonialista

y sostener de modo positivo las luchas de los pueblos colonizados…

…la historia muestra que ninguna nación colonial acepta retirarse sin agotar todas

sus posibilidades de mantener su posición…el enemigo no retrocede jamás sinceramente,

no comprende jamás. Capitula, pero no se convierte…

…la conciencia nacional es la forma más elaborada de la cultura…la lucha organizada y

consciente emprendida por un pueblo colonizado para establecer la soberanía de la

nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe.

Frantz Fanon

No hay nada más  precioso que la independencia y la libertad.
Ho Chi Minh


Introducción

Escribir u opinar sobre el colonialismo en los albores del siglo veintiuno podría parecer anacrónico o carente de propósito. Para muchos es cosa del pasado, que en todo caso mueve a la nostalgia y quizá a algún acto patriótico ante la estatua ecuestre de algún padre de la patria; pero nada más. Esto, sobre todo, ahora que se cumplen doscientos años del inicio de la lucha de independencia en diversos países latinoamericanos.

En efecto, el colonialismo clásico como forma extrema de dominación política, económica, social y cultural, virtualmente ha desaparecido del planeta. Está superado históricamente. Pero prevalece como problema político que afecta directamente a millones de seres humanos en varios continentes y que amenaza a otros pueblos formalmente independientes y realmente dominados por grandes potencias, o que intentan zafarse de esa condición de dependencia y sometimiento.

En todo caso, la dominación colonial constituye una flagrante violación a los más elementales derechos humanos de los pueblos que enfrentan este flagelo aún con vida en pleno siglo veintiuno, equiparable a la esclavitud y al apartheid.

Durante los pasados siglos han surgido y se han desarrollado nuevas formas de dominación. Donde antes había colonias hoy encontramos Estados nacionales, si bien la mayoría enfrenta formas nuevas de dominación e injusticia enmarcadas en el neocolonialismo o “colonialismo nuevo”. O lo que algunos han llamado en fecha reciente recolonización, para referirse a los desmanes cometidos por el neoliberalismo en su afán regresivo por apoderarse de todo.

Lo que no puede suceder es que se ignore que el colonialismo es un asunto no resuelto, que hoy día sigue habiendo lucha anticolonial en diversas latitudes, que esos pueblos requieren y merecen solidaridad y apoyo. Entre estos:  el pueblo Saharaui, el pueblo Palestino, las Malvinas, Puerto Rico, Gibraltar, la Samoa americana, Bermuda, las Islas Caimán, Nueva Caledonia, Aruba, Bonaire y Curazao, Martinica, Guadalupe y la Guayana francesa, San Martín, las islas Vírgenes estadounidenses, las Islas Vírgenes británicas y otros.

Lo que debe quedar claro es que el fin del colonialismo concierne a la humanidad entera, como le concierne cualquier relación que genere desigualdad e injusticia. Que, más allá de la retórica, ningún pueblo podrá decir que es totalmente libre mientras haya pueblos privados de su libertad esencial. Que el derecho inalienable a la autodeterminación, la soberanía y la independencia es universal.

Inconsistencia

Al presentar su informe como presidente saliente del Movimiento de Países No Alineados (NOAL) en la sesión inaugural de la XV Conferencia Cumbre de esa importante organización internacional celebrada en Sharm El Sheik, Egipto el 15 de julio de 2009, el presidente de Cuba, Raúl Castro no mencionó ni una vez el colonialismo como un asunto relevante de la agenda de los No Alineados. Minutos después el dirigente de  Libia, Muammar Al Gadhafi se dirigió a los delegados de 118 países presentes—y a los miembros Observadores de NOAL—en representación de África, refiriéndose someramente al colonialismo como una realidad superada en su continente.

Coincidentalmente, 2009 fue el penúltimo año de la Segunda década por la erradicación total del colonialismo, según fueron proclamados por la ONU los años de 2001 a 2010. La Primera década correspondió a la últimos diez años del siglo veinte (1991-2000).

Paradójicamente, pocos días antes de la Cumbre de los No Alineados, Cuba había auspiciado en el Comité de Descolonización de la ONU—como en tantas otras ocasiones—una resolución reiterando el derecho del pueblo puertorriqueño a su autodeterminación e independencia. La misma fue aprobada por unanimidad.

Significativamente, África ha sido el continente en que con más crudeza se ha manifestado el colonialismo europeo durante varios siglos y hasta nuestros días. Todavía hoy el pueblo Saharaui lucha por su independencia nacional, contra la ocupación marroquí y frente a las pretensiones geopolíticas de la OTAN.

Sorprendentemente, en el documento final aprobado en esa Conferencia Cumbre, los No Alineados reafirmaron los principios contenidos en la Declaración de Propósitos y Principios adoptada en la anterior Cumbre celebrada en La Habana en 2006, en cuyo inciso g. se afirma lo siguiente:

Reafirmación de la validez y relevancia de las posiciones de principio del Movimiento concernientes al derecho a la autodeterminación de los pueblos bajo dominación extranjera y dominación colonial o externa.

Más aún, en esta ocasión NOAL acordó, Fortalecer y manifestar su unidad y solidaridad entre los miembros del Movimiento, particularmente con aquellos países No Alineados cuyos pueblos viven bajo dominación colonial o extranjera, u ocupación extranjera… (Documento Final, 16.4)

En el apartado denominado “Derecho a la autodeterminación y descolonización”, los No Alineados reafirmaron esa posición, refiriéndose específicamente al …derecho del pueblo de Puerto Rico a la autodeterminación e independencia sobre la base de la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General… (42.2) En materia de colonialismo, el caso de Puerto Rico suele ser presentado por NOAL como la muestra más elocuente de ese lastre histórico, lo que es significativo además por tratarse de una colonia de Estados Unidos, pues implica una confrontación directa con el imperialismo yanqui.

¿Cómo explicar, sin embargo, esa madeja de contradicciones, ese desfase entre lo que se dice un día y lo que se aprueba otro día, entre lo que se omite en un contexto y se promueve en el otro? ¿Cómo entender esa disonancia interpretativa y política sobre el colonialismo?

Lo peor de todo es que no se trata de casos excepcionales o aislados. Va convirtiéndose en norma la exclusión del debate, el análisis y la interpretación del colonialismo como un problema que prevalece en el planeta, tanto por parte de adversarios como de amigos, lo mismo en un evento del no alineamiento que en una reunión de países de Nuestra América. Es una suerte de coincidencia de la que los perjudicados somos quienes luchamos por la autodeterminación, la descolonización y la independencia, que vamos siendo invisibilizados ante los ojos de la humanidad.

Una excepción honrosa

En abril de 2009 se celebró en Trinidad y Tobago la Cumbre de las Américas, convocada por el gobierno de Estados Unidos. Al iniciarse los trabajos el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega hizo una expresión extraordinariamente importante, cuyo valor es aún mayor considerando la singularidad de la misma:

“Otro pueblo que no está aquí presente, porque a diferencia de Cuba, una nación independiente, solidaria, ese otro pueblo está sometido todavía a las políticas colonialistas…me refiero al hermano pueblo de Puerto Rico. Llegará el día en que los pueblos latinoamericanos y caribeños como ya está aconteciendo, donde ya se ha incorporado Cuba al Grupo de Río, donde estamos trabajando para construir una gran alianza, una gran unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños, llegará el día en que ahí también, en esa gran alianza, estará el pueblo de Puerto Rico. Tengo la convicción, tengo la seguridad, que ese día llegará.”

Esa gran alianza, esa gran unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños a la que se refiere el presidente Ortega, comenzó a cobrar forma los días 22 y 23 de febrero de 2010, en la denominada Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe celebrada en Cancún, México.

En dicho cónclave, los Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno de 33 países de América Latina y el Caribe aprobaron y suscribieron la Declaración de Cancún. Se trata de un extenso documento en el que se recogen diversas posiciones de consenso en materia económica, comercial, energética, alimentación, cultura, género, desarrollo sostenible, cambio climático, desastres naturales, derechos humanos, narcotráfico, terrorismo y cooperación Sur-Sur. Todo ello, “…en un marco de unidad, democracia, respeto irrestricto a los derechos humanos, solidaridad, cooperación, complementaridad y concertación política…”.

Pero, ¿qué sucede? Que los suscribientes de la Declaración de Cancún no dedicaron ni una letra, ¡ni una letra!, al tema del colonialismo. Si fuéramos a utilizar ese documento como radiografía de la realidad latinoamericana y caribeña, el colonialismo aquí no existe, ha sido trascendido. Nada tiene que ver el reconocimiento que se hace en el apartado 80 de dicha declaración, de que, “La paz en nuestra región está profundamente ligada al respeto a los principios de la libre determinación de los pueblos…”. (…)

La única expresión informal sobre el particular la ofreció la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, al reiterar la denuncia de la ocupación británica de las islas Malvinas y su alegada intención de explotar yacimientos petroleros ubicados en el mar territorial argentino.

Esta omisión inexcusable de los Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno de 33 países latinoamericanos y caribeños no sería todo lo grave que es, si además no sucediera que la mayoría de los pueblos que aún enfrentan el colonialismo en el planeta, se localizan precisamente en Nuestra América y sobre todo en el Caribe.

Omisión que podría no sorprendernos de parte de gobiernos francamente neocoloniales como los de Colombia, México o Panamá. Pero, ¿qué tienen que decir los gobiernos de países amigos sobre el particular? ¿Qué explicación pueden dar los países miembros del ALBA? ¿Cómo justifican esa omisión gobiernos de países que en otros contextos han expresado y demostrado su solidaridad con la lucha por la autodeterminación, la independencia nacional y el fin del colonialismo? ¿Qué razón de ser tiene esa inconsistencia?

Omisión que se va rectificando

La respuesta no se ha hecho esperar. Mientras estas líneas eran escritas, llegó la información alentadora de que los países miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América—ALBA— se reunieron en Caracas el 18 y 19 de abril, en la IX Cumbre de presidentes y jefes de Estado y de Gobierno, donde aprobaron el Manifiesto Bicentenario de Caracas. Consolidando la Nueva Independencia; y que en el mismo,

“Los países del ALBA manifestaron su apoyo al pueblo de Puerto Rico en su lucha por la independencia y la soberanía nacional frente al imperialismo estadounidense”.

De esta manera los países del ALBA van reivindicándose en lo que respecta al caso colonial de Puerto Rico. Además de lo expresado por este grupo de países—Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Ecuador, San Vicente y Granadinas, Antigua y Barbuda y Dominica—sobre la menor de las Antillas Mayores, algunos de sus miembros llamaron la atención sobre el problema colonial que prevalece en el Caribe. De forma que los países del ALBA tienen ante sí el reto enorme de convertirse, por así decirlo, en la línea del frente en la lucha por la autodeterminación e independencia en América Latina y el Caribe en pleno siglo veintiuno. Es un reto y a la vez una necesidad para los países del ALBA.

Derecho internacional y lucha anticolonial


A las alturas del siglo veintiuno, el derecho internacional vigente es muy claro y preciso en lo que tiene que ver con el problema del colonialismo.

Desde el momento mismo de su fundación en 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Organización de Naciones Unidas (ONU) se manifestó sobre este particular. En el Artículo 73 (Capítulo XI, Declaración relativa a territorios no autónomos) de la carta de la ONU se afirma lo siguiente:

“Los Miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio reconocen el principio de que los intereses de los habitantes de esos territorios están por encima de todo, aceptan como un encargo sagrado la obligación de promover en todo lo posible, dentro del sistema de paz y seguridad internacionales establecido por esta Carta, el bienestar de los habitantes de esos territorios, y asimismo se obligan:

a. a asegurar, con el debido respeto a la cultura de los pueblos respectivos su adelanto político, económico, social y educativo, el justo tratamiento de dicho pueblos y su protección contra todo abuso;
b. a desarrollar el gobierno propio, a tener debidamente en cuenta las aspiraciones políticas de los pueblos, y a ayudarlos en el desenvolvimiento progresivo de sus libres instituciones políticas de acuerdo con las circunstancias especiales de cada territorio, de sus pueblos y de sus distintos grados de adelanto; (…).


Esa posición, sin duda tímida y genérica de entonces, fue trascendida quince años después, al aprobarse en 1960 la Resolución 1514 (XV), también conocida como la Carta Magna de la Descolonización. En esos primeros quince años (1945-1960) ingresaron a la ONU numerosos países africanos y asiáticos recién salidos de siglos de colonialismo, que unieron sus votos a los de la Unión Soviética y los países del campo socialista este-europeo para lograr la aprobación de esa importante resolución, concebida para contribuir al avance definitivo del fin del colonialismo. Cincuenta años después la Resolución 1514 (XV) mantiene vigencia y así deberá ser mientras quede un solo pueblo bajo la dominación colonial.

En esa resolución, la comunidad internacional declara que,

“Todos los pueblos tienen un derecho inalienable a la libertad absoluta, al ejercicio de su soberanía y a la integridad de su territorio nacional.”

Asimismo,

“Proclama solemnemente la necesidad de poner fin rápida e incondicionalmente al colonialismo en todas sus formas y manifestaciones.”

El resolutivo número 5 de la 1514 (XV) adquiere gran relevancia para el caso colonial de Puerto Rico, como veremos más adelante. Allí se afirma que,

“En los territorios en fideicomiso y no autónomos y en todos los demás territorios que no han logrado aún su independencia deberán tomarse inmediatamente medidas para traspasar todos los poderes a los pueblos de esos territorios, sin condiciones ni reservas, en conformidad con su voluntad y sus derechos libremente expresados y sin distinción de raza, credo ni color, para permitirles gozar de una libertad y una independencia absolutas.” (subrayado nuestro)

Una de las grandes contradicciones de la carta de la ONU al pronunciarse por el fin del colonialismo en 1945, fue que varios de los países fundadores más prominentes eran —y siguen siendo—potencias coloniales. Sobre todo Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de dicha organización internacional.

Ante esa situación tan embarazosa, y habida cuenta que la propia Carta les convocaba, “…a transmitir regularmente al Secretario General, la información estadística y de cualquier otra naturaleza técnica que verse sobre las condiciones económicas, sociales y educativas de los territorios por los que son respectivamente responsables…”, estas potencias colonialistas tomaron medidas diversas para tratar de disipar el entuerto.

En los casos particulares de colonialismo en el Caribe, Francia transformó en departamentos de ultramar a Guadalupe, Martinica y la Guayana ‘Francesa’; Gran Bretaña consistió en que la mayor parte de sus colonias alcanzara la independencia para luego insertarlas en su mancomunidad; y Estados Unidos impuso el Estado Libre Asociado en Puerto Rico.

El caso colonial de Puerto Rico y la ONU

Quiero referirme ahora al caso colonial de Puerto Rico, tanto porque es el que más directamente me concierne como puertorriqueño que soy, como por el hecho de que, sin lugar a dudas, Puerto Rico es hoy por hoy una de las colonias más importantes que quedan en el planeta.

El imperio español sometió desde 1493 al conjunto de islas que los Taínos denominaron Boriquén—“Tierra del altivo señor”—. Se inició entonces el proceso desigual, violento y opresivo que desembocó en el desarrollo de la puertorriqueñidad. Desde el colonialismo español fue cobrando forma la nación puertorriqueña, fruto de la mezcla accidentada y compleja de pobladores originarios oriundos de América del Sur, esclavos negros traídos de África y europeos provenientes de España.

La dominación colonial española sobre Puerto Rico duró 405 años. El 25 de julio de 1898 nuestra patria fue invadida por las fuerzas armadas de Estados Unidos, en el marco de la Guerra-hispano-cubano-americana. Junto con Puerto Rico, Cuba, Filipinas y Guam fueron tomados como botín de guerra por la precoz potencia imperialista, que paradójicamente había surgido como república independiente, fruto de la primera guerra de liberación anticolonial victoriosa de América, librada en las postrimerías del siglo XVIII.

De manera que Puerto Rico pasó, de ser colonia de una monarquía absoluta venida a menos por más de cuatro siglos, a ser colonia de una potencia capitalista que se iniciaba como potencia imperialista luego de un siglo XIX caracterizado por el expansionismo, el genocidio y la modernización económica.

El colonialismo “a la manera republicana” tiene sus particularidades, como lo tiene por extensión cualquier forma de dominación impuesta por países que se proclaman portaestandartes de la libertad y la democracia, en cuyo nombre cometen desmanes a diestra y siniestra. Por eso, inmediatamente después de ocupar territorios o países enteros a sangre y fuego, se esmeran en aprobar leyes y constituciones, organizan parlamentos y hacen elegir gobernadores o presidentes, todo con el propósito de legitimar democrática y republicanamente,  lo que no pasa de ser un vulgar acto imperialista.

En Cuba, luego de una ocupación absoluta de cuatro años, Estados Unidos permitió que se proclamara la república, luego de que se impusiera una constitución que contradecía toda aspiración genuinamente independentista. Expresión grosera de eso que decimos fue la Enmienda Platt, que proveía visos de legalidad a la ocupación militar de la mayor de las Antillas—ahí está aún la base de Guantánamo, como herida que no acaba de cicatrizar— y al control económico y político sobre el pueblo cubano. Cínicamente, se proclamó la república mediatizada de Cuba el 20 de mayo de 1902, al día siguiente del séptimo aniversario de la muerte en combate de José Martí. Como  quien dice,  que de la muerte gloriosa del Apóstol surgía la república independiente, gracias a la intervención estadounidense.

Puerto Rico, mientras tanto, fue transformado en una gran plantación azucarera, sustentada en dos leyes imperiales, la Foraker de 1900, que estableció un “gobierno civil” y la Jones de 1917, que nos impuso la ciudadanía estadounidense. Administraban la colonia gobernadores yanquis designados por el presidente de turno, flotaba la bandera multiestrellada como símbolo único, se imponía la lengua inglesa en las escuelas, se llenaba nuestro territorio de bases militares y se privaba a nuestro pueblo de decidir libremente nuestro destino.

Mientras el capital ausentista del azúcar amasaba grandes riquezas, la mayor parte del pueblo puertorriqueño vivía en la más escandalosa miseria.

A mediados de la década de 1940, precisamente al finalizar la Segunda Guerra Mundial y fundarse la ONU, el gobierno de Estados Unidos promovió cambios significativos en Puerto Rico los cuales, sin embargo, no iban dirigido a alterar la condición colonial reinante desde 1898. Más bien lo que se hizo fue modernizar la colonia, hacerla más productiva, mejorar las condiciones de vida de la población para maximizar las ganancias y por ende el nivel de explotación económica. (Los inversionistas extranjeros, sobre todo estadounidenses, obtienen ganancias anuales superiores a los 30 mil millones de dólares, los que repatrian y no reinvierten, profundizando el empobrecimiento-en-la-modernidad del país.)

En 1947 la legislatura colonial aprobó la “Ley de incentivos industriales”, dirigida a atraer inversionistas extranjeros, ahora no para la producción azucarera sino para la industria, primero liviana y luego pesada, textil, alimentaria, petroquímica, electrónica, farmacéutica. En 1948 Estados Unidos permitió que los puertorriqueños eligiéramos un gobernador, aunque éste cargo carecería de poderes significativos. En 1950 el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley 600, que proveía para que nuestro pueblo redactara una constitución, que según la propia ley, debía “…crear un gobierno republicano en forma…”.

Para que no hubiera confusión en cuanto a quién había mandado desde 1898 y seguiría mandando en Puerto Rico después de que se creara dicha constitución, el Artículo 3 de la Ley 600 establecía lo siguiente:

“Al ser adoptada la constitución por el pueblo de Puerto Rico, el Presidente de los Estados Unidos queda autorizado para enviar tal constitución al Congreso de los Estados Unidos, si él llega a la conclusión de que tal constitución está de acuerdo con las disposiciones aplicables de esta Ley de la Constitución de los Estados Unidos. Al ser aprobada por el Congreso, la constitución entrará en vigor de acuerdo con sus términos.” (subrayado nuestro)   

Nada había cambiado en lo concerniente a las relaciones de poder colonial, desde que el 10 de diciembre de 1898, cuando ya se había consumado la invasión, España y Estados Unidos suscribieron el así  llamado Tratado de Paz de París, en cuyo Artículo 9 se establecía que,

“Los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los Estados Unidos, se determinarán por el Congreso.
(subrayado nuestro)

Pues bien, la constitución resultante de ese fraude colonial revestido de ropajes republicanos y pseudodemocráticos, fue la que dio paso a la fundación del Estado Libre Asociado (ELA), el 25 de julio de 1952. Precisamente el día en que se conmemoraban cincuenta y cuatro años de la invasión armada. Como quien dice, para que en la memoria histórica de la generaciones venideras, el referente de la relación de Puerto Rico con Estados Unidos fuera un proceso cívico y participativo y no una invasión a tiros y cañonazos.
Esa constitución fue la que la embajada de Estados Unidos en la ONU presentó en 1953 a los países miembros como evidencia de que en Puerto Rico había cesado el colonialismo y se había manifestado el pueblo soberanamente, dando paso a una relación de asociación entre iguales. Una constitución tan soberana que comienza por expresar lealtad en su Preámbulo a la constitución de otro país:

“Nosotros, el Pueblo de Puerto Rico, a fin de organizarnos políticamente sobre una base plenamente democrática…declaramos:
“Que consideramos factores determinantes en nuestra vida la ciudadanía de Estados Unidos de América…la lealtad a los postulados de la Constitución Federal…”
(subrayado nuestro)

Estados Unidos logró que la ONU aprobara la Resolución 748 (VIII), cuya redacción evidentemente estuvo a cargo de algún funcionario del Departamento de Estado yanqui. En la misma, la Asamblea General—entonces compuesta por aproximadamente 60 países— reconocía al ELA como fruto de la voluntad libre y democrática del pueblo puertorriqueño; establecía que el pueblo había ejercido su derecho a la autodeterminación; que el ELA poseía atributos de soberanía política y que por consiguiente Puerto Rico había dejado de ser una colonia.
Pero no le fue tan fácil a Estados Unidos convencer a los países miembros de la ONU de que el ELA era todo lo que ellos decían que era. Al llevarse a votación la Resolución 748 (VIII), el 27 de noviembre de 1953, ésta obtuvo 26 votos a favor, 16 en contra y 18 abstenidos; siendo la suma de los votos en contra y abstenidos (34) superior al número de votos a favor (26).

Siete años  después y con una ONU transformada por la incorporación de antiguas colonias devenidas en Estados nacionales, se aprobó la Resolución 1514 (XV) y posteriormente se creó el Comité de Descolonización. Este enfoque renovado del anticolonialismo abrió un nuevo espacio para la causa de la descolonización de Puerto Rico. Como hemos señalado antes, el resolutivo número 5 de dicha resolución se refiere a “…territorios en fideicomiso y no autónomos y…todos los demás territorios que no han logrado aún su independencia…”. Ese es precisamente el caso del pueblo puertorriqueño, más allá de lo que pueda decir la resolución aprobada en 1953.

Como señala la distinguida investigadora y patriota Carmen Gautier Mayoral en su libro Puerto Rico y la ONU, “El 1972 marca la fecha de la primera resolución del Comité de Descolonización sobre Puerto Rico, aprobada luego como parte del Informe del Comité a la Asamblea General por el voto de 99 a favor, 5 en contra y 23 abstenciones. Con ese voto la Asamblea General se ponía en récord a favor del derecho inalienable del pueblo puertorriqueño a su independencia. (p. 34)”.

Desde entonces, el Comité de los 24 de la ONU ha aprobado más de 25 resoluciones en las que se reafirma el derecho del pueblo puertorriqueño a su autodeterminación e independencia. En años recientes el contenido de dichas resoluciones ha sido amplio y abarcador y significativamente se han aprobado por unanimidad. El gran objetivo que tenemos de frente es lograr que la Asamblea General vuelva a considerar el caso colonial de Puerto Rico por separado, que reafirme la posición reiterada en las resoluciones aprobadas por el Comité de Descolonización desde 1972 y que en la práctica rectifique el fraude que representa la Resolución 748 (VIII) aprobada en 1953

La dominación colonial en blanco y negro

¿Cómo se manifiesta concretamente el colonialismo en la vida diaria de un pueblo sometido, en pleno siglo veintiuno? En lo que respecta a Puerto Rico, enumeramos aquí ejemplos específicos de cómo se dan las relaciones de poder de Estados Unidos sobre nuestro pueblo:

1.control absoluto del espacio aéreo, marítimo y terrestre;
2.control de aduanas, puertos y aeropuertos; qué entra y qué sale, quién entra y quién sale del país;
3. imposición de leyes de cabotaje; todo producto que entra o sale del país tiene que utilizar la marina mercante de Estados Unidos, la más cara del mundo;
4.milicia, bases militares, ocupación de territorio, reclutamiento de puertorriqueños para sus guerras;
5.control de medios de comunicación de masas, a través de la Comisión Federal de Comunicaciones estadounidense;
6.rama judicial; presencia omnímoda de la Corte Federal de Estados Unidos, cárcel federal, FBI, CIA, etc.;
7.correos ( U.S. Mail);
8.predominio de leyes obrero-patronales, ambientales y de cualquier otra índole, por sobre las leyes que apruebe la legislatura colonial del ELA. Las leyes aprobadas por el Congreso, los decretos establecidos por el Presidente o las decisiones tomadas por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, aplican directa y unilateralmente sobre el pueblo puertorriqueño;
9.la ciudadanía de Estados Unidos nos fue impuesta en 1917. Puerto Rico carece de personalidad jurídica reconocida a nivel internacional; se supone que nuestras embajadas y consulados sean los de Estados Unidos, como lo son nuestros pasaportes; la bandera de Estados Unidos ondea en todos los edificios públicos, mientras que el reconocimiento oficial de la bandera de Puerto Rico se dio apenas a partir de 1952; oficialmente tenemos dos himnos oficiales y dos banderas oficiales. Para algunos su nación es aquel país y no éste;
10.control sobre ríos, lagos y otros cuerpos de agua;
11.mercado; por ejemplo, el 85 por ciento de los productos alimenticios que consume el pueblo puertorriqueño es importado, proveniente directa o indirectamente de Estados Unidos. La situación es similar con los productos del mar—95 por ciento— madera—95 por ciento y otros. La agricultura representa menos del dos por ciento de la actividad económica del país;
12.control avasallador de la industria, la banca y el comercio interno, que les garantiza decenas de miles de dólares en ganancias cada año; la transformación del país en función de los intereses del gran capital estadounidense ha tenido como una de las consecuencias más dramáticas la emigración masiva de puertorriqueños a Estados Unidos. Se estima que más de la mitad de la población—sobre cuatro millones de boricuas— reside en ese país;
13.penetración ideológica, lingüística y cultural. El inglés es lengua oficial al mismo nivel que el español. La mayoría de las estaciones de radio y televisión son de propiedad estadounidense, y la prensa escrita es de propietarios colonialistas y anexionistas. Durante los primeros cincuenta años de dominación colonial (1898-1948), toda la educación formal se impartía en inglés, siendo el español apenas una materia más. La resistencia del pueblo obligó a retirar esa medida lingüística con intenciones asimilistas. Las iglesias protestantes acompañaron a los invasores de 1898, siendo utilizadas como un instrumento activo de penetración ideológica extranjerizante.

Casi ciento doce años después de la invasión militar yanqui, la nación puertorriqueña, caribeña y latinoamericana prevalece, contra viento y marea. Siendo el colonialismo una forma de dominación por principio de cuentas de carácter existencial, en la que el dominado es una cosa y no un sujeto para el dominador, podemos afirmar que los puertorriqueños se han ganado el derecho a existir, en una lucha abnegada y permanente contra los yanquis en carne y hueso, contra las formas de dominación más insensibles, en condiciones extraordinariamente desiguales, en favor de nuestro pueblo, nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra tierra y nuestras riquezas, Lo mismo contra el colonialismo que contra el anexionismo. Ahí está la jornada más reciente de lucha por la paz y la desmilitarización de la isla de Vieques (1999-2003) como ejemplo de lo que decimos.     

Lucha y solidaridad, solidaridad y lucha

Somos conscientes de que el escenario principal de las luchas populares es el pueblo mismo, en cada territorio nacional, batallando por cada situación que surja de carácter económico, político, cultural y de todo tipo. Somos conscientes también de que nadie sustituye la voluntad de cada pueblo de forjar, con sus propios medios y por voluntad propia, el camino de la soberanía y la independencia; que para ello no hay ni sustitutos ni fórmulas mágicas.

A la misma vez, tenemos que ser los primeros en afirmar que en este planeta se ha ido forjando una comunidad de naciones, de pueblos, de culturas y sociedades. Ello debe conducir a una comunidad de propósitos e intereses y debe llevarnos a reconocer como nuestro y de cada uno los intereses, necesidades, problemas, fracasos y triunfos de cada cual. A pensar y sentir que nuestra ciudadanía y nacionalidad más comprometedora es nuestra condición de terrícola; que nuestra patria y nuestra nación es el planeta Tierra y que todo cuanto acontece aquí nos concierne y obliga.

A ello suele llamársele solidaridad o internacionalismo. Constituye una de las dimensiones más complejas del desarrollo humano, de su sensibilidad, de su conciencia  y de su razón de ser. Implica asumir como propio lo que desde niño han podido presentarle como ajeno. Supone una batalla sin cuartel contra actitudes individualistas, egoístas o “pragmáticas”. Aplica lo mismo a personas que a pueblos y gobiernos. No se supone que esté condicionado por la conveniencia o el acomodo, sino que debe ser una actitud desprendida e incondicional, si es que se rige por principios verdaderos.

La solidaridad internacional nunca va a sustituir la lucha nacional; de acuerdo. Pero la solidaridad internacional puede hacer la diferencia, sobre todo si el pueblo que lucha lo hace en condiciones francamente desiguales e injustas, como es el caso de la lucha anticolonial del siglo veintiuno. Máxime cuando ese pueblo y ese territorio suele ser utilizado con frecuencia para iniciar desde allí agresiones contra países que han alcanzado su independencia formal.

(Recientemente el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, denunciaba que aviones espías sobrevolaban suelo venezolano y que habían despegado de Aruba, colonia holandesa. En 1961 parte de los mercenarios que atacaron Cuba se entrenaron en Puerto Rico, y de allí también partieron tropas yanquis que invadieron República Dominicana en 1965 y Granada en 1983. Uno de los factores retardatarios de la independencia de la patria Saharaui es el interés poco disimulado de la OTAN de controlar esa región del noroeste de África. La ocupación colonial de Palestina y la creación del Estado de Israel ha tenido como uno de sus objetivos históricos, la dominación a sangre y fuego de los pueblos de la región, sobre todo al propio pueblo palestino.)

(La anexión por Francia de Martinica, Guadalupe y la Guayana Francesa en 1946, así como la intención de Holanda de anexar su colonia de Bonaire, el control colonial de británicos y estadounidenses de parte de las islas caribeñas y la anunciada intención de los británicos de saquear riquezas naturales pertenecientes al pueblo argentino en las Malvinas, implica que Europa, ahora acompañada por Estados Unidos, nunca se ha ido del Caribe, nunca se ha ido de Nuestra América, nunca ha renunciado a dominar, no sólo las colonias que hoy mantiene, sino a todos nuestros pueblos, cuya independencia en el fondo se resisten a reconocer.)

(Por consiguiente, la lucha por el fin del colonialismo debe ser importante para los países formalmente independientes, sino por otra razón, por sus propio interés en proteger su soberanía e independencia de las potencias que asechan muy cerca de sus costas.)

Toda la legalidad y el derecho internacional al que hemos hecho referencia aquí, legitima sin duda el derecho de los pueblos bajo dominación colonial a luchar por su autodeterminación, independencia y soberanía plena. Pero ello no basta. Sobre todo porque a las potencias coloniales les importa poco la legalidad vigente; porque ellas se sostienen precisamente en la ilegalidad, en la delincuencia internacional, en la violación o desconocimiento de acuerdos, tratados y resoluciones; porque sólo reconocen el derecho que emana de sus parlamentos o de sus cañones, que dictan la pauta para dominar y explotar planetariamente.

Ha llegado el último año de la “Segunda década por la erradicación total del colonialismo”, según aprobada por la ONU. En octubre próximo la Resolución 1514 (XV) cumple medio siglo de haber sido aprobada. Varios países latinoamericanos conmemoran dos siglos de haber iniciado su lucha independentista. Mientras tanto, el colonialismo sigue vigente, lo mismo en Palestina, que en la patria Saharaui, en Puerto Rico y las Malvinas.
No hay excusa. No hay pragmatismo que valga. No hay acomodo admisible. No se vale mirar para el otro lado. Lo cierto es que nuestro templo sigue ocupado y profanado por los mercaderes. Hay que asumir el hecho irrefutable de que ese lastre histórico—el colonialismo— está ahí, a las puertas del planeta, amenazante. Hay que acabar de entender que lograr la autodeterminación e independencia de estos pueblos, es una garantía de éxito y continuidad para procesos como los que se desarrollan desde hace una década en Nuestra América, y para alcanzar la paz en el Medio Oriente y en África.

Nos corresponde a todos y todas completar la tarea inconclusa del Libertador Simón Bolívar, de completar la tarea inconclusa de Mandela, Arafat, Machel, Neto, Lumumba y otros grandes revolucionarios de África y Asia.

Sin tregua, por el fin del colonialismo, por la independencia y la libertad.

Esa es la consigna.


*Publicado en la revista Correo de Nicaragua, número 9, abril-mayo 2010, bajo el título “Puerto Rico, la herida por la que sangra Nuestra América”

Julio A. Muriente Pérez
Catedrático
Universidad de Puerto Rico
Copresidente
Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

Fundación Juan Mari Brás

Otro Puerto Rico es posible

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